Lo mejor de nuestras vidas, @cjaimesb

Hoy recibí un meme de una querida amiga y este artículo es para ella. En el meme aparecen Linus y Lucy, personajes de los Peanuts de Charles Schultz. Linus le dice a Lucy “¡Te deseo un feliz año nuevo!” y Lucy le responde “Me basta con uno usado… ¡de aquellos cuando se vivía mejor!”.

Estamos pasando por tiempos difíciles. Todos, de una manera u otra, nos sentimos muy mal. Cada vez con más frecuencia sentimos que el país se nos viene encima, las despedidas son cada día más frecuentes y más dolorosas, hemos considerado cómo sería irnos y pensar en el futuro ya no es una alternativa, porque el futuro pareciera que no existe en Venezuela.

Sin embargo, me niego a seguir pensando que lo mejor de nuestras vidas quedó atrás. Primero, porque no es verdad. Sentir que uno tiene el sol en la espalda, aunque lo tenga por cuestiones de edad, no es definitorio. Lo que define una vida es cómo se vive. Hay quienes tienen muy poca edad y son unos viejos de alma y de mente. También hay quienes son muy mayores de edad y siguen siendo jóvenes. La juventud no es una edad, sino una actitud.

Segundo, porque eso sería aceptar que lo que sigue es más tristeza, más desolación, más amarguras. En este sentido, quiero aferrarme –y quiero que te aferres tú, amiga querida- a lo que me enseñó uno de los libros más importantes que he leído en mi vida. Se llama “El hombre en busca de sentido” y lo escribió Víctor Frankl, psiquiatra y neurólogo judío, fundador de la Logoterapia, quien sufrió en carne propia varios campos de concentración nazis, incluyendo Theresienstadt, Dachau y Auschwitz. Frankl aseguraba que lo que le permitió soportar aquel infierno fue proyectarse en el futuro. Imaginarse de nuevo en el salón de clases de una universidad. De cómo les contaría a sus alumnos la experiencia por la que había pasado. Buscó en su dimensión espiritual las razones para aferrarse a la vida cuando todo lo que lo rodeaba era muerte. Cito algunos de sus pensamientos más memorables:

“Muchos de los prisioneros del campo de concentración creyeron que la oportunidad de vivir ya les había pasado y, sin embargo, la realidad es que representó una oportunidad y un desafío: que o bien se puede convertir la experiencia en victorias, la vida en un triunfo interno, o bien se puede ignorar el desafío y limitarse a vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros”.

“No sabía si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo (durante todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal alguno con el exterior), pero para entonces ya había dejado de importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada”.

La fuerza del amor y de los pensamientos… Si uno aprende a vivir así, mientras más tiempo pasa en la vida más nos alejamos de los bienes materiales. Y más apreciamos las buenas compañías, las risas, las conversaciones, los momentos compartidos, la Naturaleza, los amigos. Todo lo que podemos llevarnos cuando nos vayamos de este mundo, lo que vivimos, lo que disfrutamos, lo que aprendimos.

“La conciencia del amor propio está tan profundamente arraigada en las cosas más elevadas y más espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo en un campo de concentración”.

Tenemos que vivir pensando que lo mejor de nuestras vidas lo tenemos por delante. Perder las esperanzas es morirse en vida. Hay que buscar las pequeñas cosas que nos hacen felices, aprehenderlas e incorporarlas a nuestras vidas. A nuestra edad es fácil, porque como hemos sufrido, sabemos de qué está hecha la felicidad…