#Palpitaciones: CENA DE NAVIDAD

CENA DE NAVIDAD

Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.”

(Juan 1: 14)

Tiempo de Navidad. Millones de personas en el mundo recorren grandes distancias para reunirse con sus familiares, felices de no tener que pasar la Navidad en soledad. A la vez gastan grandes cantidades de tiempo y dinero para adquirir los presentes para agradar a sus allegados. Las reuniones de familiares y amigos son aderezadas con grandes cantidades de manjares cuya ingesta, en bastantes más casos de los que cabría suponer, obligará a solicitar asistencia médica. Al concluir la temporada, cada quien retomará su vida consuetudinaria, posiblemente dedicará algún tiempo a compartir con otros las fotos realizadas durante el asueto decembrino y, generalmente, sentirá un gran vacio en el corazón, quizás una desazón que no podrá explicarse y que se desvanecerá al cabo de un par de semanas. 

 

Quien escribe, forma parte de una minoría que celebra cada día, en espíritu y en verdad, la venida al mundo de nuestro Señor Jesucristo. A la vez, celebra especialmente la recurrencia navideña, buscando también la compañía de familiares y amigos, para compartir buenos momentos. Sin embargo, la finalidad esencial es la de glorificar a Dios y cantar villancicos, especialmente el primero de ellos que, en su oportunidad fue cantado por los Ángeles, cuando entonaron el “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz para aquellos a quienes Dios ama.” Una vez que una persona ha contemplado la Gloria del Unigénito hijo de Dios, no tendrá que afrontar más la posibilidad de vivir dias rutinarios. La gracia y la verdad que experimentamos los que vivimos la bienaventuranza de sentir a Cristo viviendo en nuetro corazón nos hará vivir cada dia una maravillosa aventura, recorriendo el Camino trazado por nuestro Señor. 

 

Exultamos cuando recordamos que Jesús “aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Filipenses 2: 6 y 7). Alguien ha afirmado que el milagro de la encarnación de Cristo es un evento mucho más importante que el realizado por Dios cuando creó el universo. En lo personal, cuando medito en la asombrosa obra de Dios, para concentrar lo infinito, en espacio y en tiempo, en un Pequeño e indefenso Bebé que nacería en la forma más humilde que podamos concebir, exulto de alegría y me siento impelido a glorificar al Santo Dios por habernos amado a tal punto de dar a Su Unigénito Hijo a la humanidad para la salvación de los que hemos creido y de los que creerán en Jesús. 

Pues sí, nuestro Redentor se despojó temporaneamente de su condición de Rey de reyes, de Señor de señores, para hacerse carne de nuestra carne, hueso de nuestros huesos y además eligió nacer, no en una cuna principesca, sino en el pesebre destinado a los animales de los viajeros que acudían al mesón en procura de alojamiento. Estaba, a la vez, plenamente conciente de las penurias, de la incomprensión, de las calumnias, de los suplicios y del espantoso tipo de muerte que le tocaría enfrentar. Realizó su tarea con asombrosa mansedumbre y, fue tal la seguridad que  le embargaba por haber derrotado al enemigo de Dios mediante Su sacrificio en la cruz, que, antes de expirar exclamo: “Consumado es” (cumplido está) (Juan 19: 30). De esta forma expresó que habia llevado a cabo Su Divina misión en forma completa y perfecta. 

Como vemos, nuestro Redentor, “hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2.6-8).

Por el pecado de un solo hombre, esto es de Adán, la humanidad emprendió la desdichada travesía que lo separaba cada vez más de Dios. En la cruz, un solo Hombre cargó con el pecado de todas las personas que lo han reconocido y de aquellas que Lo reconocerán como su personal Salvador pagando el precio que ningun ser humano hubiese podido pagar por sí solo.

Finalmente, al resucitar el Señor nos mostró la plena validez de su promesa, cuando afirmó que “ Porque yo vivo, ustedes también vivirán”. (Juan 14: 19).

 

En esta Navidad, te pido que atiendas el llamado de la Persona cuyo nacimiento se está celebrando. Deseo vehementemente que tengas la más importante cena de Navidad de tu vida. Jesús te invita en estos términos: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apoclipsis 3: 20).

Finalmente tomaré prestada la oración del Apostol Pablo para implorar al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, para que te dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que conozcas mejor a Jesús. Pido también que te sean iluminados los ojos del corazón para que sepas a qué esperanza  te ha llamado Dios y cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre los santos. (Efesios 1: 17 y 18). 

Feliz Navidad.