#Palpitaciones: Raíces de la Amargura

“Asegurense de que ninguna raíz amarga brote y cause dificultades y corrompa a muchos.”

(Hebreos 12: 15)

Todo jardinero sabe que aún la hierba más delicada, si no es cortada a tiempo, deviene en una planta cuya erradicación será mucho más dificil, especialmente si se ha propagado por todo el terreno que la circunda.

Así como es conveniente y necesario podar periodicamente la grama y extirpar las plantas indeseables, también debemos tener el cuidado de estirpar de nuestro corazón las llamadas raíces amargas.

Esta especie de raíz venenosa crece en todas partes pero sobre todo en el corazón del ser humano.

Desde que Dios maldijo la tierra (Génesis 3: 18), la naturaleza ya no produce espontáneamente verdes prados sino espinas y abrojos. Esta verdad es, sin lugar a dudas, más amarga aún que la raíz en referencia.

La Biblia nos enseña que las raíces de la amargura tienen el poder de contaminar a muchos. Si vivo lleno de amargura, ninguna de las personas con quienes trato a diario podrá permanecer inmune al contagio por mucho tiempo.

Pero si desde que observo los primeros brotes de las raíces amargas me apresto con voluntad y amor a extirparlas, una por una, el Señor me convertirá en un instrumento de paz y reconciliación a su orden. Las caras infelices son contagiosas pero la alegría y la sonrisa lo son aún más. Recordemos que: “Gran remedio es el corazón alegre,  pero el ánimo decaído seca los huesos.” (Proverbios 17: 22).  Cuando  mis hijos estaban  en  edad  escolar, frecuentemente regresaban a casa muy contentos porque su tarea había sido premiada con una “carita feliz”. Se trataba de una simple semicurva con sus dos puntas hacia arriba. Hoy en día el símbolo es universalmente reconocido como el ícono de la sonrisa. Facilmente podemos concluir diciendo que una sonrisa es una curva que lo endereza todo. Hasta el sufrido Job lo entendió así. He aquí su exclamación: “Dios no rechaza a quien es íntegro,  ni brinda su apoyo a quien hace el mal. Pondrá de nuevo risas en tu boca,  y gritos de alegría en tus labios “ (Job 8: 20 y 21).